martes, 25 de enero de 2011

Ficción I

Llueve, otra vez llueve. No tengo ánimo para entrar, porque sé que me esperan los fantasmas, y el recuerdo tuyo en cada cosa que dejaste. Sí, te veo en la mesa donde quedó el vacío de tu libreta, esa que siempre cargabas para tomar apuntes de lo que pasa en el mundo y se te hace interesante... También veo el espacio que dejaron tus libros, tus zapatos, aquellas revistas que tenías cerca para evitar que la tristeza se apoderara de ti... Aunque siempre supe que la escondías muy bien. Esos ojos negros siempre tenían cierto aire de nostalgia, y algo, algo me decía que te conmovían como a nadie los rostros de esos niños que andaban en la calle, de las mujeres que buscaban obtener algún alimento para sus hijos. También lo percibía cuando en las noticias hablaban de guerras y de muerte... Tú salías silencioso, y regresabas con una sonrisa. Ah, la lluvia me está empapando, como estos recuerdos. Es menuda, las gotas son como rocío mañanero, pero con los segundos ya se siente en los huesos, se queda ahí, no llega a la tierra. Veo la puerta y pienso que podría estar cerca de la ventana, con una buena frazada, una taza de café y sabor de mar en los labios, pero sigo aquí, empapada de pies a cabeza, estática, como una de esas figuras de bronce, pero tengo una sensación extraña enterrada aquí dentro, muy dentro. Es una sensación de muerte lenta, muerte que se construye cada día, o quizás vida... quién lo sabe de cierto. Mientras la lluvia sigue, y desmigaja mi memoria, y también un poco de esta materia...

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