Hay en mi alma un pozo muerto, donde no se refleja el sol, y del que huyen los pájaros con terrores de virgen ante un misterio de cadáveres.
Mi alma es un palacio de piedra, donde habitan los ausentes, trayéndome la sombra de sus cuerpos para alivio y compañía de mi vida.
Mi alma es un campo desbastado donde el rayo quemó hasta las raíces, y donde no puede florecer ni el cardo.
Mi alma es una huérfana loca, que anda de tumba en tumba buscando el amor de los muertos.
Mi alma es una flecha de oro perdida en un charco de fango.
Mi alma, mi pobre alma, es una ciega que marcha a tientas sin apoyo y sin guía.
Teresa Wilms Montt, poeta chilena, contemporánea de Huidóbro.
Un espacio hecho de remiendos, de pedacitos de memoria que buscaban aterrizar en algún lugar y encontrarse...
miércoles, 26 de enero de 2011
martes, 25 de enero de 2011
Ficción I
Llueve, otra vez llueve. No tengo ánimo para entrar, porque sé que me esperan los fantasmas, y el recuerdo tuyo en cada cosa que dejaste. Sí, te veo en la mesa donde quedó el vacío de tu libreta, esa que siempre cargabas para tomar apuntes de lo que pasa en el mundo y se te hace interesante... También veo el espacio que dejaron tus libros, tus zapatos, aquellas revistas que tenías cerca para evitar que la tristeza se apoderara de ti... Aunque siempre supe que la escondías muy bien. Esos ojos negros siempre tenían cierto aire de nostalgia, y algo, algo me decía que te conmovían como a nadie los rostros de esos niños que andaban en la calle, de las mujeres que buscaban obtener algún alimento para sus hijos. También lo percibía cuando en las noticias hablaban de guerras y de muerte... Tú salías silencioso, y regresabas con una sonrisa. Ah, la lluvia me está empapando, como estos recuerdos. Es menuda, las gotas son como rocío mañanero, pero con los segundos ya se siente en los huesos, se queda ahí, no llega a la tierra. Veo la puerta y pienso que podría estar cerca de la ventana, con una buena frazada, una taza de café y sabor de mar en los labios, pero sigo aquí, empapada de pies a cabeza, estática, como una de esas figuras de bronce, pero tengo una sensación extraña enterrada aquí dentro, muy dentro. Es una sensación de muerte lenta, muerte que se construye cada día, o quizás vida... quién lo sabe de cierto. Mientras la lluvia sigue, y desmigaja mi memoria, y también un poco de esta materia...
Espera (12 de febrero de 2009)
Y después de que cae la tarde, siempre estoy en el mismo sitio, esperando. No me preguntes qué, o a quién, si lo supiera ya me habría largado. Sé perfectamente que el día que lo descubra todo se habrá ido allá, al lugar de la nada. Esta tarde hacía frío, y a estas alturas de la noche siento que la neblina cae y pone una cortina a mis ojos, que ven difícilmente las sombras que se mueven a la distancia. Danzas febriles a la luna menguante para que se lleve los espíritus empeñados en arruinar las vidas. Quizás eso es lo que espero yo, que se vayan mis fantasmas con las lágrimas, aunque me quede seco. No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré, mi memoria no retiene muchas cosas, sólo la espera...
Martes (24 de agosto de 2008)
Esta tarde azul taladra en mi cabeza las palabras que no pudieron salir de las entrañas. Son palabras sin forma, sin una fonética definida. Son un rumor que ensordece la poca razón que en algún momento creí tener. Son una masa informe que se revuelca en el fondo de esta cavidad.
Un lento escalofrío me invade; es el aire que entra por los ojos y la nariz, llega a mi cuello, se apodera de estas manos que nunca han servido para dar vida, sino por el contrario, matan las posibilidades. Siento cómo se apodera de mi pecho, recorre el vientre, el sexo, las piernas, las rodillas, llega hasta la uña más pequeña de mis deformes pies, apretujados en estas zapatillas de falsa dama.
Soy un trozo de hielo que se derrama en este suelo tibio.
Llegan a mis oídos las palabras sabias de los verdaderos hombres, pero no logran entrar. Murmullos, murmullos que no entiendo. No sé qué pasa con estos doloridos miembros... Petrificada, caigo sobre mis propios hombros...
Mar (8 de abril, 2008)
De mi visita al mar
no guardo en mi cuerpo ya
la tibieza de sus aguas
ni las suaves caricias que
con cada ola
dejó en mi piel...
Sólo queda impregnada
la sal de su mirada
cuando nos alejamos
y la certeza
de que no fue un sueño
porque aún hay dolor...
Cuando parte el amor
¡Dejémosle partir, si así lo quiere,
y que levante el vuelo hacia el nublado!
...¿No sabes que el recuerdo está indicado
como continuación de lo que muere?
Por eso, cuando el tiempo despiadado
color y luz en mi cabello altere,
mi espíritu tendrá lo que prefiere,
retejiendo la historia del pasado.
Y a solas, en mis días invernales
gratamente estaré entre los cristales,
diciendo, como cuento de hilandera,
la vieja historia de fastuoso brillo:
"Hubo una vez en mi alma un gran castillo,
donde un rey fue a pasar la primavera..."
Nostalgia
Lo que queda...
Miro mis manos y las tuyas
y siento el enorme vacío que las separa...
ya no hay nada que nos una,
todo se ha ido con la tarde invernal.
Pero mi corazón aún se resiste...
Es necesario abrir los brazos, y empezar a volar...
Tomar esto que aún queda de cierto
y comenzar a ser una vez más...
Homenaje a Quevedo, entre otros. 21 de abril, 2006
Homenaje a Quevedo, entre otros
Jaime García Terrés
'Llevara yo en el alma adonde fuese el fuego en que me abraso'
Hinca los dientes, muerte mía,
en estos bordes imprecisos
entre mis cantos y mi pecho,
donde suda la criba
de segundos marchitos, en la pulpa
cordial; perfora la vencida
certeza del dolor;
esparce tu raíz en este suelo
nervioso y familiar que sangra jadeando
como si fuera río, como si fuera mar;
no te quedes inmóvil, a la puerta
de todo esto, sin dejar vestigio;
alláname, caricia, márcame
con abismos de lumbre, muerte mía:
descubierto me doy, para que caves
en mi vivir tu monumento.
en estos bordes imprecisos
entre mis cantos y mi pecho,
donde suda la criba
de segundos marchitos, en la pulpa
cordial; perfora la vencida
certeza del dolor;
esparce tu raíz en este suelo
nervioso y familiar que sangra jadeando
como si fuera río, como si fuera mar;
no te quedes inmóvil, a la puerta
de todo esto, sin dejar vestigio;
alláname, caricia, márcame
con abismos de lumbre, muerte mía:
descubierto me doy, para que caves
en mi vivir tu monumento.
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